1.- INICIO

2.- EL SEGUNDO HIJO DEL SEÑOR DE LA CASA DE CORDOBA

3.- GENEALOGIA

4.- PAJE DEL INFANTE ALFONSO

5.- EN BUSCA DE LA CORTE

6.- AÑOS DE FORMACION CON LOS REYES CATÓLICOS

7.- LA GUERRA DE GRANADA

8.- ¿QUÉ HAY DESPUÉS DE GRANADA?

9.- EL DESTINO DE EUROPA SE ESCRIBE EN ITALIA.

10.-EL INVENTOR DEL EJERCITO MODERNO

11.- LA PRIMERA CAMPAÑA EN ITALIA: NACE “EL GRAN CAPITAN

12.- VISTORIA EN CEFALONIA CONTRA UN NUEVO ENEMIGO: LOS TURCOS

13.- LA POLÍTICA ITALIANA DE ESPAÑA

14.- 1503: EL AÑO DE BARLETTA, CERIÑOLA, GARELLANO Y GAETA

15.- EL GRAN CAPITAN: VIRREY DE NÁPOLES

16.- EL REY DESCONFIADO Y EL SOLDADO LEAL

17.- EL HOMBRE DE GUERRA DA PASO AL HOMBRE DE PAZ

18.- PAISAJES PARA UNA DESPEDIDA

 

En la hora de la Historia en que el mundo pasó de la Edad Media a la Edad Moderna, en la hora en que España inicio su fulgor, descubriendo nuevos horizontes y caminos para la civilización, en esa hora fue protagonista el Gran Capitán.

 

Gonzalo Fernández de Córdoba (Montilla-Córdoba, 1453- Granada, 1515) fue diplomático, humanista, cortesano, y soldado, el primer soldado de la Edad Moderna. Construyó una nueva estrategia militar y renovó el arte de la guerra, sentando las basas de la invencibilidad de los ejércitos españoles durante siglo y medio. Participó decisivamente en la Guerra de Granada y, después, derrotó a los franceses en Italia, incorporando el reino de Nápoles a la corona de España. Pero ante todo, el Gran Capitán, sobrenombre que adquirió en las campañas italianas, fue una pieza leal y eficaz del engranaje del nuevo Estado que construyeron los Reyes Católicos.

 

La presente biografía de Don Gonzalo, divulgativa a la par que completa, esta realizada con ocasión del 550 aniversario de su nacimiento y el 500 de las históricas victorias de Ceriñola y Garellano, la autora es la profesora Soledad Gómez Navarro, Universidad de Córdoba.

 

El segundo hijo del señor de la Casa de Córdoba

 

         En 1453 caía Constantinopla en poder de los turcos, y el mundo –en realidad Europa en aquel entonces- comenzó a dar un giro que, verdaderamente, sólo culminaría tres siglos más tarde.

         Precisamente en 1453 vendría al mundo un niño llamado a codearse con las principales personalidades de sus tiempos, los Reyes Católicos, el Cardenal Cisneros, los papas Alejandro VI, Julio II o León X, o César Borja, entre otros; a desenvolverse en los principales espacios de su tiempo, trasunto de las mismas inquietudes políticas de la Reyes Católicos (Portugal, Granada, Italia… ): en suma, a frecuentar uno de los grandes artes de la época, junto al de la pluma, que por cierto también practicó, el de la guerra; Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”.

         Gonzalo de Aguilar y Fernández de Córdoba, que es como, en rigor genealógico, debemos llamarlo:


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALFONSO F/C (1270/1327)

 

 

TERESA JIMENEZ DE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE GONGORA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LEONOR F/C (1300/)

 

 

PEDRO VENEGAS

 

FERNANDO ALFONSO F/C

 

 

MARIA RUIZ DE BIEZMA

 

 

3 SÑR DE VENEGAS

 

ALCAL. ALCALA LA REAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EGA VENEGAS

 

 

BEATRIZ DE TOLOSAN

 

GONZALO F/C

 

 

MARIA GARCIA CARRILLO

1330

 

 

 

 

 

 

 

1315/

1 SÑR. LUQUE

 

 

 

 

1 SÑR DE AGUILAR

 

 

SÑR VILLAMANRIQUEZ INFANTES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERESA VENEGAS

 

 

 

 

 

ALFONSO F/C (1360/1424)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 SÑR. DE AGUILAR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEDRO F/C (1390/1424)

 

 

LEONOR DE ARELLANO

 

 

 

 

 

 

 

3 SÑR DE AGUILAR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEDRO F/C

 

 

ELVIRA HERRERA

 

 

 

 

 

 

 

(1410/)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5 SÑR DE AGUILAR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALFONSO F/C

 

 

LEONOR F/C

 

GONZALO F/C

 

 

1 NUP

 

 

 

CASA MARTIN F/C

 

 

 

 

2 NUP MARIA MANRIQUEZ DE LARA

VI SÑR AGUILAR

 

 

SÑR DE CHILLON

 

GRAN CAPITAN

 

 

 

CASADO CON

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CATALINA PACHECO Y PORTOCARRERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LUIS F/C

 

 

ELVIRA F/C

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV SÑR DE CABRA

 

 

II DUQ. SESSA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Vio la luz primera el uno de septiembre de mil cuatrocientos cincuenta y tres, en la casa solariega de Montilla de D. Pedro Fernández, VIII señor de la Casa de Córdoba, VII señor de Canete de la Frontera, de Priego, Montilla, La puente, Castill-Anzur y Montuerque, ricohombre de Castilla, alcalde mayor y alguacil de Córdoba, y . Elvira Herrera, sus padres y la pareja de cuyo legítimo matrimonio formado en 1441 constituía su tercer vástago.

 

         Los Aguilar eran una familia de hacendados rurales, cuyas propiedades se extendían por la parte más suroriental de la depresión del Guadalquivir, en la frontera con el reino de Granada. Una explotación cerealística, donde los olivos eran abundantes, los pastos ganaban terreno gracias a los elevados beneficios obtenidos por la venta de lana en los mercados flamencos, y de caballos para la guerra.

 

Paje del infante don Alfonso

 

         En el verano de 1465, con apenas doce años, Gonzalo sale por vez primera de Montilla, con el beneplácito del primogénito de la casa, para hacerse paje del infante D. Alfonso por el apoyo que Alonso de Aguilar le brindaba en la guerra abierta que, a la sazón, mantenía contra su hermano el rey Enrique IV. La vida ofrece en ese momento al adolescente Fernández una oportunidad verdaderamente única, la de proseguir en su viaje como peregrino en busca de una idea de si mismo; por esto quizás los escritores italianos harán hincapié en el primer viaje de Gonzalo, convencidos de los rasgos de su personalidad se fijaron de forma indeleble en ese preciso momento, un auténtico ritual de paso que, además, le mostraba y abría al mundo de los adultos.

 

         Por otra parte, el alejamiento del hogar era necesario si se quería alcanzar la plena realización personal, dado que, durante toda la Edad Media, la corte fue un espacio educativo de la personalidad. Por todos los lados, pues, que se mirara, a mediados del Cuatrocento la corte era para un muchacho lector de novela como Gonzalo ocasión más que suficiente para alejarse de la provinciana de Montilla, mostrarse a sí mismo la superación de los miedos infantiles, madurar, y, quizás en sus más secretos pensamientos, labrarse un porvenir por encima de su condición social.

 

         En los tres tipos de servicios en la corte, el joven Gonzalo se inclina por el de la carrera de las armas, quizás por creer que tenía más futuro y porque además la asociaba a la forma de vida nobiliaria en la frontera sur. Gonzalo aprende urbanistas, comportamiento cortés, y la manera de adquirir los hábitos necesarios de un buen caballero.

 

         El servicio como paje del infante D. Alfonso en la carrera de las armas dura tres años, hasta julio de 1468, justamente cuando fallece el infante. Pero en esos tres años, entre los doce y quince de su edad, Gonzalo madura en medio de una guerra, guerra civil, que siempre entendía como último recurso y, en todo caso, como una obra de arte. Se imponía volver a casa: tendría otra segunda oportunidad, mas si los años de paje le habían enseñado algo, era que necesitaba unir sus esfuerzos a una causa justa o, al menos, a los ideales de su generación.

 

En busca de la corte

 

         En julio pues, de 1468 regresa a Montilla obligado por las circunstancias y su hermano mayor, al que se enfrenta por necesidad de distanciarse de su herencia genética, y, en parte también, por querer hacer posible sus propias representaciones. Hasta 1476 estaría por tierras andaluzas. Pero Gonzalo empezaba a convertirse en un rebelde con causa. Tal vez pensó retirarse al monasterio jerónimo, aunque lo descarto porque hubiese sido una decisión egoísta; el matrimonio de Isabel y Fernando fue para él un símbolo: en medio de otra guerra civil, la de Enrique IV y su hermana la princesa Isabel, quizás, por fin, se enderezaba el reino y su propia vida. Por eso se plantea nuevamente llegar hasta la corte.

 

         Gonzalo inicia ahora una nueva fase de interiorización, de introspección, en la memoria de la familia, lo que le lleva, a través de la abuela materna Blanca, esa extraordinaria dama de su niñez que le tornó su impetuoso temperamento en el tan galante y prudente que elogiaron sus biógrafos, al descubrimiento de su lado “Enríquez”, es decir, a la ligazón con Fernando de Aragón, su “primo” Fernando, el futuro Fernando el Católico. Por eso, y en opinión de la abuela Blanca, los Enríquez le podían ayudar mucho más que los Fernández en su deseo de hacer carrera en la corte. Por fin, el joven Gonzalo había descubierto la llave que le abriría la puerta de la corte. Ya sabía a quién dirigirse y de que modo. Un rey consorte era una referencia mucho más importante que la herencia cordobesa de su familia paterna. Como muchos otros miembros de su generación, confiaba en las posibilidades de promoción del nuevo Estado autoritario esbozado por los jóvenes monarcas Isabel y Fernando; el patriotismo se convertirá en su máximo ideal. Sabía perfectamente que estaba ante una revolución política sin precedentes.

 

         A fines de 1476, y tras el óbito de Enrique IV, su hermana Isabel se apresta a ser proclamada reina de Castilla; será el inicio de la tercera guerra civil, ahora entre aquélla y Juana “la Beltraneja”. Es en este contexto, ya nada le retiene en el sur. Su destino, por fin, ligado a la parentela común con el rey Fernando, se despeja. Le espera la corte y su formación como cortesano. Segovia está al fondo de sus sueños. Tiene que ir allí, a la corte donde la reina y su marido buscaban la manera de educar a su generación en su sistema de valores completamente nuevo. Busca la educación cortesana para favorecer su imperativo moral, una actitud sincera y cargada de sentido común. Sólo tiene dos cosas claras: ha de salir, pues, y nuevamente, por segunda vez, de su tierra; y debe buscar al rey Fernando, y presentarse en calidad de ser un Enriquez, decisión esta última que demuestra bien el olfato político de Gonzalo. Fernando y Gonzalo estarán así  indisolublemente unidos hasta su muerte, pese a la disparidad de criterios sobre política internacional. También tenía otra claridad: Su convicción de que la clave del poder del Estado estaba en el control del centro del mundo de su tiempo, Italia. Al final, y al fondo de todo, Italia siempre Italia.

 

Años de formación frente a los Reyes Católicos

 

         En septiembre de 1476 llega a la corte de Isabel y Fernando en Segovia, donde, en manos de un educador, se revelará extraordinario en el manejo de las armas, en poco tiempo se convirtió en serio aspirante a formar parte de la orden de la caballería, aunque también debía mostrar la virtud de la prudencia caballeresca si quería hacer carrera en la corte. El trienio 1476-1479 se centró en educarle en los saberes e ideales caballerescos de Diez, Chacón y Valera, especie de proclama a favor del Estado de los Reyes Católicos; en hacerle comprender el alcance político de aquéllos, palabras como “dificultad, perfección, virtud” aderezan su planteamiento, la educación es una respuesta para todo, y el principal objetivo de los jóvenes era parecerse cada vez más a los modelos sociales procedentes de Francia, Borgoña o Flandes; en enseñarle a escribir cartas; y en política práctica, siendo testigo del concierto de matrimonio organizado por Fernando  el Católico entre su hermana, Juana de Aragón, y su primo, Ferrante el Viejo, rey de Nápoles. Serán años donde, sobre todo, aprende del Rey Fernando, a cuyo lado se embriaga de cultura literaria y de teoría política, lecciones vitales para Gonzalo, donde, por otra parte, el joven andaluz derrocha inteligencia y carácter, dos cualidades difícilmente juntas; e invierte también sus días y sus horas en el aprendizaje de la formación y dirección de un ejercito moderno, profesional, permanente, y al mando de auténticos capitanes.

 

         Su estreno, exitoso por cierto, como “príncipe de su militiae” fue en la batalla de Albuela, en febrero de 1479, frente a los portugueses, donde, junto a otros jóvenes caballeros y donceles, Gonzalo, recién llegado al mando de la caballería, pudo demostrar todo lo que había aprendido al respecto. Sólo unas semanas antes de la muerte de Juan II había hecho rey de Aragón a Fernando, a cuyo alrededor, sus hombres de confianza, los caballeros de su casa, sus amigos, sus primos Enriquez, entre ellos Gonzalo, fijaban ya los objetivos políticos de una Monarquía unitaria en Castilla y Aragón.

 

         Tres años más tarde, entre 1479 y 1482, proseguirá ese aprendizaje en la política hecha en equipo y siguiendo a un líder, para él, el rey Fernando. En este sentido será testigo excepcional del crucial año 1480en la construcción del Estado de la Monarquía, y no sólo por sus cortes de Toledo, sino porque en 1480 existe ya la idea de que las tropas deben estar al mando de especialistas, reconociéndose así implícitamente la nueva clase de funcionarios dedicados a las armas. Tres años más, en suma, pasados en la corte, fundamentales para la construcción de los nuevos tiempos. Se organizaba así una clase de hidalgos que gracias a su formación militar, fue clave en el nuevo Estado de los Reyes Católicos en la guerra de Granada, norte de África y Mediterráneo oriental, combatiendo al Islam en definitiva, en la guerra, sobre todo la guerra en y de la frontera. Por eso cuando en 1482 se produce un suceso casual – el ataque de un grupo de musulmanes a una fortaleza de la frontera sur del reino de Castilla – Gonzalo está preparado y listo para ir a Granada como capitán de una compañía de ciento veinte hombre a caballo. Diez años pasarán antes de alcanzar las metas que ahora se abrían ante sus ojos, pero allí acompañara a Fernando, y no sólo físicamente, sino también en su destino final, será la ciudad de ambos para la eternidad. También el círculo de caballeros y capitanes que rodean a los reyes no pueden haber hallado nada mejor para sus objetivos.

 

La guerra de Granada

 

         Entre 1482 y 1492 tienen lugar, efectivamente, los años de la guerra de Granada y de la participación de Gonzalo Fernández en ella: A punto de cumplir treinta años, Gonzalo entra en la vida pública de servidor de la corona en la guerra de Granada. Ante los acontecimientos bélicos y las medidas del rey, pronto comprendería, sin embargo, la distancia que media entre los tratados caballerescos y la realidad. Pero todo sucede puntual y vertiginosamente, como en hitos inexcusables. Entre 1481 y 1485, ya tiempo de guerra, y con la idea clara de que se ocuparían ciudades, plazas fuertes y castillos, junto al azuzamiento de los conflictos internos de la familia real granadina, se da un importante y decisivo empuje al conflicto.

 

         Otro trienio más, de mayo de 1486 a febrero de 1489, y la guerra se acerca casi a su clímax. En este segundo trienio caerán para los cristianos Loja e Illora; en la primera Gonzalo acabará sus días, en la segunda ejercerá como alcalde.

 

 

Y poco más destacable en este segundo trienio, a excepción del episodio de la escaramuza en el campo de Almorava, a las afueras de Granada, la primera hazaña importante de Gonzalo y el campo donde, ya convento jerónimo, muchos años más tarde reposaran sus restos mortales. La guerra de Granada continúa, pero de una forma sórdida y poco clara, y ésta quizás sea la característica más relevante de estos años. Gonzalo en Illora prosigue sus acciones bélicas, pero también frecuenta la amistad con Boadil: Defendiendo el diálogo entre cristinos y musulmanes será el héroe de las calles de Granada.

 

Altar del monasterio de San Jerónimo, donde antes de su construcción fue base para la conquista de Granada, a sus pies se encuentra la tumba del “Gran Capitán”.

        

En esta línea de actividad militar y política, entre 1487 y 1489 Gonzalo se muestra como negociador, su mayor virtud, más aun que su capacidad para leer y entender una batalla, y cree que la mejor solución para Granada es el pacto con beneficiosas consecuencias económicas, y  no la guerra frente a Boadil, justo lo contrario de lo que opina la línea de la casa real.

 

         Este segundo trienio de la guerra de Granada termina con una noticia que afecta a la vida personal de Gonzalo: La celebración de su segundo matrimonio con . María Manrique, una auténtica señora, el catorce de febrero de 1489. Elegida bien por Fernando, con este segundo estado Gonzalo volvía a ser el sutil cortesano de diez años antes, sobre todo por la dignidad social que su nueva esposa le entregaba.

 

         En la primavera de 1489 la corte anunció la nueva campaña militar, iniciándose en abril el asedio. A fines de este año se rinde Baza, y poco después Almería y Guadix. En 1490 comienzan negociaciones, difíciles por cierto, de uno y otro lado para la paz, con Gonzalo como uno de los interlocutores, y en el verano de 1491 empieza el asedio a Granada desde el construido campamento ad hoc de Santa Fe. Las negociaciones terminan con la toma de Granada el uno de enero de 1492.

 

¿Qué hay después de Granada?

 

         Terminada la guerra de Granada, Gonzalo estará hasta 1494 por tierras andaluzas. Volvía nuestro biografiado de nuevo a su sempiterna encrucijada vital: Y ahora ¿qué? La guerra había terminado y la perspectiva de vida como vencedor y, sobre todo, perpetuo alcalde de Illora no es precisamente lo que más le atrae, antes al contrario, le desagrada profundamente. ¿Sería posible alguna vez Italia?.

 

         En septiembre de 1492, con treinta y nueve años, pasa unos días en Montilla, momento que aprovechó para redactar ante el escribano Alfonso Pérez un poder a favor del cordobés Gonzalo de Herrera, otro Gonzalo, y hombre de su entera confianza, y en el que habla de sus preocupaciones cotidianas, en este caso, las que les suscitaba el cobro de la renta de las alcábalas de Córdoba que tenía “por juramento de heredad”, y que ascendían a la redonda y suculenta cifra de cincuenta mil maravedíes. Este documento demuestra que Gonzalo nunca descuidaba los asuntos económicos, antes al contrario, mantiene su control. Para él, la vida de un héroe comenzaba justamente en la intendencia, en la cocina, una forma de ser que llamó poderosamente la atención al rey Fernando, quien, por esos años buscaba a alguien capaz de ordenar el enrevesado asunto de las rentas de Sicilia.

 

         En otoño de 1493 acompañara a Boadil al exilio de Fez, para volver después, desde octubre de aquel año y hasta noviembre del siguiente, a sus alquerías y posesiones, de alguna manera, una evasión en medio de las ocupaciones pasadas y por venir, y reiniciar su contactos con la cultura renacentista italiana a través de sus lecturas que le acercan a la refinada sociedad renacentista de la que emanan, una sociedad en la que se debatía sobre platonismo, mística neoplatónica, hermetismo y mitos paganos con la misma naturalidad con que se hablaba del coste de un viaje de negocios o el precio de un objeto de lujo. El debate literario era la diversión social de esos hombres que gobernaban el mundo a través de sus ejércitos, sus bancos o sus compañías de navegación.

 

El destino de Europa se escribe en Italia.

 

         En este momento, el rey de Francia Carlos VIII se interesa por Nápoles, disputada también por España. Será también el momento de Gonzalo de volver a las armas. Hacía tiempo que se escribía sobre el papel de Francia en Europa. Consciente de ello, Carlos VIII decidió afrontar la misión, modernizando su territorio mediante la conjunción de cuatro importantes elementos, a saber: Sometimiento de la economía de mercado a los intereses públicos; uso de la artillería; profesionalización del ejército; y desarrollo del patriotismo, programa de reforma que años más tarde ensayará también Gonzalo en Nápoles durante su etapa de gobernador. El cambio se acercaba. A mediados de noviembre de 1494 se prepara la expedición a Sicilia, con la que Gonzalo cerraba esta primera parte de su vida, y se abría la segunda con su primer viaje a Italia, donde permanecerá hasta verano de 1498.

 

         El veintiocho de noviembre de 1494 es llamado a la corte para que se encargue de la expedición a Sicilia. El treinta de marzo del año siguiente embarca para Sicilia donde debía permanecer atento a lo que se le dijera sobre los movimientos de Carlos VIII. Llega al estrecho de Mesina el veinticuatro de mayo de 1495 como capitán de compañía al servicio de los Reyes Católicos, dispuesto a cumplir taxativamente las órdenes que aquellos le habían dejado bien claro por escrito respecto al modo de actuar en el complejo y complicado asunto napolitano. Pero, de nuevo, su dilema: Obedecer o seguir sus propios criterios y aprovechar las oportunidades que se le brindan para su propia promoción social. Decide esperar, de nuevo su mejor virtud, y, de paso, profundizar en el conocimiento de la casa real napolitana con la que acaba de contactar en la persona de la reina Juana, hermana de Fernando, con la que llegará a tener una larga, cálida e intima amistad.

 

El inventor del Ejército Moderno

 

         Había una tarea previa: Reorganizar el ejército para convertirlo en un ejército moderno, siguiendo, en gran medida, el modelo francés, lo que acomete a principios de agosto. No disponía de mucho tiempo, pero debía aprovecharlo a fondo para conseguir sus objetivos al respecto. Merecía la pena: Sus logros los aplicaría luego n sus sucesivas campañas, porque en Italia Gonzalo dará rienda suelta a su arte militar.

 

         Para ello, liquidando el glorioso pasado de la caballería ligera de las milicias concejiles castellanas, transformaría el orden táctico y moral de combate del ejército español. Lo haría aplicando tres importantes decisiones. En primer lugar una profunda reorganización del ejército expedicionario. Es la reforma militar de la que se hablará durante siglos, tan elogiada por sus contemporáneos, comenzando por el influyente embajador y luego historiador Francesco Guicciadini. Sobraban ballesteros y faltaban arcabuceros, había demasiados jinetes ligeros y, por el contrario, faltaba una sólida infantería y probablemente también un cuerpo de caballería pesada de solvencia, como la existente en los ejércitos de Francia, Borgoña, Inglaterra, Venecia o Milán. Gonzalo abrigaba la esperanza de que sería positiva la reunión de las compañías al mando de un capitán en columnas al mando de un coronel. Así nacieron las célebres “coronelías” que facilitaron también las ansias de ascenso social en el ejército, y permitieron una profesionalización del uso de las armas más allá de las viejas compañías de los espadas peregrinas, de los condottieri.

 

         Segunda medida: Gonzalo concibió la guerra moderna como un trabajo de equipo, donde cada individuo tenía una función imprescindible e irrenunciable que cumplir. El problema residía en que los buenos profesionales eran escasos, tanto por ser mercenarios, como por el esfuerzo educativo que implicaba aprender una tarea específica. Gonzalo se rodeó de técnicos capaces de ofrecer soluciones concretas a los múltiples problemas de un ejército moderno. Sometió al juicio de esos hombres sus propias opiniones, y se mostró siempre delante de ellos como uno más, valiente y generoso, advirtiendo siempre sobre el peligro que supone la tendencia a dramatizar una situación delante de los soldados. De ello resultó, en menos de dos años, lo cual es ya toda una proeza, el nuevo ejército español, necesario para la formación de un Imperio.

 

         Tercera decisión: Con su nuevo conocimiento a Gonzalo se le antoja reconsiderar el papel de la caballería pesada en el orden táctico. Era un problema importante y casi insoluble debido a los constantes debates. Los expertos disentían sobre su función. Incapaz de tolerar la perspectiva de un ejército pesado “a la antigua”, Gonzalo retoca algunos aspectos sustanciales del arte de la guerra en lo que se refiere al uso de la caballería pesada. No son precisamente decisiones fáciles de asumir por parte de una sociedad nobiliaria fascinada por los modelos caballerescos. Pero Gonzalo se apoyará en la palabra experiencia. A lo largo de su vida como capitán de un ejército expedicionario, representara el hombre práctico frente a las brillantes teorías de sus adversarios. El principal condimento con el que adereza su reforma militar, convirtiéndola en uno de los hechos más importantes de la historia española, es el arte de la prudencia, gesto que opera constantemente en sus palabras y acciones, y en los momentos de grave crisis, guía su conducta y las respuestas que da a sus hombres.

 

         En definitiva, estas reformas militares son una nueva concepción del arte de la guerra, un instrumento de poder como no había tenido en sus manos antes ningún rey de la Península Ibérica. Fernando difícilmente iba a aceptar este hecho, aunque el defecto que más censuró de su capitán, y el que más le echaron en cara los consejeros de la corte, los estrategas y la propia reina, era su tendencia a derrochar. Gonzalo aplicaba su energía vital hacia sus obras, las llenaba de imaginación y de gracia, pero la sociedad española de 1500 no estaba preparada todavía para algo así.

 

La primera campaña de Italia: Nace “El Gran Capitán”

 

         En la primavera de 1496 Gonzalo prosigue sus actividades en Calabria. Acude en ayuda de Fernandino, rey de Nápoles, frente a los franceses, y recoge la victoria de Atella, a mediados de julio del mismo año. Pero, requerido por sus hombres, regresa a Calabria. Se produce ahora la muerte de Fernandino: Juana de Aragón la necesita nuevamente en Nápoles, donde se producirá la elección de Federico como nuevo rey.

 

         Los franceses amenazan de nuevo. En febrero de 1497 Alejandro VI llama a Gonzalo para que defienda el puerto romano de Ostia frente a aquéllos, y, en concreto, frente a un capitán vasco, Menoldo Guerra, que los comandaba. La toma de Ostias se produce el nueve de marzo de 1497, lo que le produce a Gonzalo la obtención del papa de la “Rosa de Oro”, la máxima condecoración pontificia. Pero no hay tiempo que perder. Vuelta rápida a Nápoles, donde, de nuevo, más reconocimientos a sus proezas: El rey Federico le concede los títulos de duque de Terranova, que, desde entonces, siempre usará, y de duque de Monte Santangelo, junto a varias propiedades (Marzote, Rocadevalle, Pinillo, Montenegro y Torremayor), en premio también a su triunfo en el asedio al castillo de Ostia y en la conquista de Roca Guillermo, momento en que por vez primera alguien, levantando la voz muy alto en el campo de batalla, lo reconoció y lo llamó en verdad “Gran Capitán”. Lo cual era algo más que una manera identificación de orden militar: Por vez primera también, a Gonzalo lo toman por un modelo de conquistador de reinos, semejante a los grandes héroes de la antigüedad, un hombre dominado indudablemente por la virtus. Dicho de otro modo: En la reputación lograda como “el Gran Capitán” cristaliza la necesidad de gloria, estrechamente asociada a la cultura del Renacimiento.

 

         De momento, pues. Todo estaba cumplido. La primera misión italiana, con la pacificación y control hispano del avispero siciliano-napolitano frente a los franceses, parecía terminada: En el verano de 1498 se impone el regreso a España de donde lo reclaman los Reyes Católicos.

 

Victoria en Cefalonia contra un nuevo enemigo: los turcos

 

         Al llegar a España conocerá las murmuraciones existentes sobre su vida y hazañas en Italia. Por otro lado. Se atenúa de momento, el peligro francés con el nuevo rey, Luis XII, por lo que se le quita a Gonzalo el mando de as tropas expedicionarias.

 

         A mediados de agosto de 1498 Gonzalo debe rendir cuentas de la campaña italiana ante el Consejo Real, la primera rendición de cuentas. Un año se tardo en ello, mano a mano con el tesorero Alonso de Morales, pero aquéllas se entregaron y justificaron sin problema.

 

         Justamente entre ese verano y septiembre de 1499, un año prácticamente, se encuentra enfrascado en los asuntos de sus varias alquerías granadinas. En ello está, cuando el dieciocho de diciembre de 1499, por un incidente ocurrido en el Albaicín en la tensa y difícil comunicación y convivencia entre cristianos y moriscos, se produce el inicio de la rebelión de las Alpujarras, que traerá en jaque a los reyes durante todo el año siguiente. Tema en el que, si bien Gonzalo busca primero la negociación, al resultar imposible se impondrá la brutal represión.

 

         Mientras tanto, el imperio turco, que no ha dejado de expandirse, amenaza otra vez las mismas puertas de Europa. En este contexto, una carta real del diez de enero de 1500 llama a Gonzalo a Sevilla para que acuda frente al turco. Gonzalo sería capitán de la liga contra el infiel. Como había pedido el dogo veneciano, lo que demostraba, sobre todo para Gonzalo, que era valedor por quien realmente importaba, las chancillerías europeas.

 

         En Sevilla tiene lugar duras negociaciones. Por primera vez Gonzalo expresa sus condiciones solicitando ante todo libertad, que no quiere interferencias ni vigilancias, y el mando combinado de la flota y las tropas terrestres. Tras el correspondiente debate, se llega finalmente el acuerdo con los Reyes Católicos el cuatro de abril de 1500, todo un símbolo, produciéndose su nombramiento el 14 del mismo mes. Se le concedía también poder absoluto, jurisdicción civil y criminal. Ultimados los preparativos, se ponía en marcha la expedición cuyo destino primero, y de momento único, era la amenazada por la escuadra turca: Cefalonia. Daba comienzo así la segunda estancia italiana de nuestro biografiado, y la de su mayor gloria, que duraría siete largos años.

 

         La expedición se prolongó desde septiembre de 1500 a enero de 1501, y supuso la culminación del pleno y total reconocimiento de la capacidad militar de Gonzalo Fernández por su brillante acción en el asedio y toma de Cefalonia ahuyentando a la escuadra turca. No dejó nada a la improvisación ni a la premura. No se precipitó tampoco a la hora de enviar sus tropas al Peloponeso, antes bien, preparó su retaguardia en Sicilia y Calabria, restaurando unas fortalezas degradadas por la mala gestión de sus responsables, y aun tuvo tiempo de conocer el vasco Pedro Navarro, quien muy pronto se convertiría en su hombre de confianza.

 

         El veintisiete de septiembre zarpó de Mesina rumbo a la isla Corfú, adonde llegó el dos de octubre con un poderoso y disciplinado ejército. Los turcos levantaron el asedio y regresaron a sus bases de tierra firme. Quedaba el extraordinario puerto de Cefalonia, pero, para entonces, contaba con el apoyo del gran almirante veneciano Benedetto Pesaro y de las naves francesas. Las naves se reunieron en la isla de Zante y el ocho de noviembre comenzó el asedio. No fue fácil, y duró casi dos meses. Gonzalo porfía en sus ideas, aprendidas en la anterior campaña italiana de 1495; el asalto final al castillo de San jorge, el día de Navidad de 1500, se parece bastante al ataque al castillo de Ostia: Presión de sus tropas en tres puntos, desconcierto en el primero, ardid en el segundo y entrada al asalto por el tercero. No hubo cuartel. Sobrevivieron poco más de cincuenta defensores.

 

         Cefalonia condensa la brillante acción militar en un fugaz golpe de genio de Gonzalo Fernández de Córdoba.

 

La política italiana de España

 

         Entretanto, fines de 1500, Fernando el Católico, sordo a estos éxitos o quizás siguiendo sus propias ideas e intereses, planea y pacta la división del reino de Nápoles entre sí mismo y Luis XII de Francia, lo que provocará enérgica y feroz reacción, y en este caso también estéril, de la reina Juana de Nápoles, hermana de aquél.

         En febrero de 1501 Gonzalo es nombrado lugarteniente general en Sicilia y Calabria, su máximo encumbramiento, aunque no se sabe si tal distinción se debió a sus propios méritos y éxitos militares, o a los buenos oficios de Juana de Nápoles, adonde regresará Gonzalo.

 

         El éxito en Cefalonia, el apoyo de Juana de Aragón y el elogio del dogo veneciano, fijaron de una vez por todas la posición de Gonzalo en la sociedad española. Los Reyes Católicos, el veintidós de mayo de 1501, elevarán a Gonzalo al rango de Lugarteniente General de Abulia y Calabria por su triunfo frente a los turcos. Los años de prueba terminaban así y el segundón de los Aguilar adquiría un rango social que hacía palidecer al del padre y al del hermano mayor.

 

         El verano y otoño de 1501 constituyeran un ejercicio de serenidad ante las dificultades en Nápoles. Gonzalo aprovecha tiempo y energías para reformar a fondo las fortificaciones de Calabria, magna obra de ingeniería militar porque, de seguro, no soportarían el ataque de la artillería francesa. Era preciso transformar su morfología y adaptarla a la nueva pirobalística. En esa reconstrucción “a la moderna” primó sobre todo el cambio del artillero circular por el apuntado o esputón, y más tarde por las tijeras. En esos meses, se labraron cercas abaluartadas en las principales plazas fuertes de Calabria, y, siguiendo esos criterios, también en Sicilia unos años después. El cuidad con el que se construyeron los merlones aspillerados y las cañoneras de buzón manifiesta un interés por la ingeniería militar que iba más allá del plano estrictamente artístico.

 

         La situación política en Nápoles es de tal calibre, tan mediatizada entre el rey español y el francés, y tan insaciables ambos, que a Federico no le queda otra salida que su renuncia al trono de Nápoles. Gonzalo sólo observa, sin poder hacer nada para impedir la guerra.

 

         En verano de 1502 Gonzalo trata de prepararse con tiempo y cuidado para la guerra frente al ejército del Duque de Nemours, inevitable si Luis XII prosigue en sus campañas de acercamiento y toma de territorios españoles.

 

         Por si las tensiones nacionales no fueran suficientes en el ya, de por sí, complicado solar napolitano, también están las sociales entre distintos clanes familiares adversos. El nueve de noviembre los reyes piden a Gonzalo que medie entre los poderosos Orsini y los menos potentados Colonna, poniendo paz entre ambas familias frente a un enemigo común, los franceses. La paz, o tregua, se consigue también favoreciendo el matrimonio de un Orsini con una Colonna.

 

1503: El año de Barletta, Ceriñola, Garellano y Gaeta

 

Entretanto, el hostigamiento no cesa, antes al contrario, se amplía de día en día. Por eso a fines de 1502 nuevas tropas llegan desde Cartagena y Barcelona. Se prepara el momento del ataque. 1503 será el año de Barletta, Ceriñola y Garellano. Pero no adelantemos acontecimientos.

 

         Lo primero es la organización de la defensa de Barletta y Tarento. Nemours levantó el cerco de Barletta, dirigiéndose a Tarento, decisión que despertó por fin a Fernando. La ruptura del tratado de Granada que había establecido la “entente cordiale” de reparto entre aquél y Luis XII, era evidente, y resultaba patético, por no decir ridículo, resistirse a semejante realidad. La promesa de un envío de tropas animó a Gonzalo que se dispuso a defender Tarento del mismo modo que había hecho con Barletta. Hay indiscutible cansancio por el largo asedio nuevamente en Barletta, pero se decide el ataque por sorpresa a los sitiadores franceses para salir de esa situación. Poco a poco el camino se despeja hacia Ceriñola. El veintiséis de abril de 1503 supera el bloque de Barletta, e inicia la dirección hacia Ceriñola, cuya victoria se alcanza el día siguiente. Nunca tanta gloria y tan junta. En pocos minutos los magníficos hombres de armas franceses quedaron atrapados en los fosos, acribillados por os arcabuces, atravesados por picas. Poco después comenzó la desbandada. Gonzalo dejó su promontorio y avanzó a sus hombres de armas más allá del foso. Sólo trescientos hombres atacando. En apenas unos minutos más de tres mil muertos franceses quedaron en el campo de batalla, entre ellos, el mismo duque de Nemours. Pero lo que era mejor: Nápoles, por fin, estaba a los pies, aunque lógicamente no va a ser sin seria resistencia francesa en los poderosos castillos de Novo y Uovo. La población de nuevo aclamo al “Gran Capitán”.

 

         La guerra continúa. El once de julio de 1503 Gonzalo y Pedro Navarro, su ayuda más fiel y gran experto en minas, sitian el castillo napolitano del Uovo; toman también el castillo de Montecasino, la puerta de Garellano; sin duda las ideas están claras y no habrá tregua hasta el final:Se trata de arrinconar a Francia, reacia a abandonar Nápoles. El uno de noviembre de 1503 Gonzalo está en Garellano y nuevo papa en Roma, el gran Julio II, por muerte del valenciano Alejandro VI. Mientras, en aquel otoño-invierno de 1503 se desarrolla la campaña de Garellano, el último y más largo tercer acto de este periodo. Todo estrategia, todo disciplina, todo planificación y coordinación, nada de espectáculo caballeresco, sólo calculados movimientos con el fin de obtener un triunfo con el menor número de bajas posibles. En todo momento, Gonzalo sólo aspira a devolver al mayor número posible de sus hombres sanos y salvos a Náploles. Las semanas corriendo de un lado a otro a través de Garrellano habían dado el resultado apetecido. El marqués de Saluzzo, el nuevo General francés, estaba cada vez más confuso, y Gonzalo cada vez más seguro de sí mismo.

 

         E la noche de veintisiete de diciembre las tropas cruzan el Garellano, distribuyen a sus capitanes, el grueso del ejército atravesará el río con él. Se ha discutido mucho si Saluzzo se dio cuenta alguna vez de la estrategia ideada por Gonzalo; si el marqués hubiera podidito prever que el ataque de Bartolomé de Alviano, a quien Gonzalo envió al norte, era simplemente una estratagema, las cosas hubieran sido diferentes, pero nunca lo tuvo claro. El nerviosismo de su gente, embarcando a toda prisa los cañones para la defensa de Gaeta mostraba que el ataque les había cogido por sorpresa. El mismo Gonzalo pasó momentos de verdadero peligro cuando Próspero Colonna fue rechazado y aquél tuvo que dirigir personalmente los lansquenetes alemanes hasta que llegó Alvino con la infantería desplegada. Pero el éxito fue total. Entre el veintisiete y el treinta y uno de diciembre se iban cosechando triunfos. Aquel día se rindió Gaeta y con ello se puso fin a la presencia francesa en el reino de Nápoles. Eso es lo que ocurrió en Garellano, que no fue una batalla en el sentido clásico del término, si bien en su ejecución convergieron muchos rasgos de lo que fueron la campañas de las guerras modernas. Una vez más Gonzalo se adelantó a su tiempo y por eso mismo venció en aquellas jornadas de sangre, sudor y lágrimas. Gonzalo se hallaba en la cima de su gloría.

 

El Gran Capitán, virrey de Nápoles

 

         Por la campaña de 1503 Gonzalo recibirá de los Reyes Católicos la concesión de diez mil ducados de renta, lo que le permitirá vivir, por vez primera, sin preocupaciones económicas, aunque no sin las envidias que su nueva situación inevitablemente suscitan; rechaza  los festejos celebrados en su honor, no por humildad si no por sentido político; y ejerce como virrey de Nápoles, situación en la que permanecerá desde comienzos de 1504 hasta febrero de 1507 en que regresará a España.

 

         En el orden político, en mayo de 1504 coge prisionero a César Borja y lo envía encadenado a España, y en el político-religioso, recibe orden de los Reyes Católicos de expulsar a los judíos de Nápoles, medida que el virrey interpreta y dilata; ante ello, aquellos retiran la orden de expulsión, pero ponen a Nápoles bajo jurisdicción del inquisidor general de España con sede en Palermo, lo que provocará la dimisión de Gonzalo de su cargo de virrey, dimisión rechazada por los reyes pues temen que si Gonzalo abandona el gobierno de Nápoles antes de llegar a una paz definitiva con Francia, la guerra vuelva a empezar y, sin él, las posibilidades de una victoria serían escasas, por no decir nulas. No obstante, la actuación de Gonzalo en la cuestión judía será el comienzo, a mediados de 1504, del recelo intenso de los reyes hacia su extraordinario capitán. Esta actitud y el nuevo ambiente creado hacia su persona, también incómodo para Gonzalo, harán que el veinte de julio pida a los reyes su licencia y que lo dejen marchar a España, excusándose en que el reino napolitano ya está tranquilo sosegado, y él enfermo. Ante la ausencia de respuesta real, que es tanto como una negativa, pero preocupados, no obstante, los reyes por la situación en  Nápoles (carestía de la vida, hambre, pestem carácter de la nobleza, cuestión judía), Gonzalo les escribe una segunda misiva un mes más tarde de su petición, el veinticinco de agosto para ser exactos. En ella les informa de loas medidas que a tomado frente a la peste y el hambre, y frente algunos nobles bravucones. Cualquier decisión debe, sin embargo, aplazarse pues los reyes no se hayan bien de salud, en especial la reina, lo que lamenta Gonzalo, reiterándole al secretario real su petición de renunciar al cargo de virrey, que será, nuevamente, rechazada. Es el momento en que Luis XII amenaza otra vez la paz, frágil paz siempre en estos lares.

 

         Entre 1504 y 1506 Gonzalo se entregara a su tarea de virrey. Empieza ahora una lectura feroz de Erasmo, al que descubre, en concreto de su Enchiridion Militis Christianis, lo que le hace erasmista por convicción y renovar su fe religiosa, si bien en medio de su serio abatimiento moral, quizás acentuado con la muerte de Isabel I el veintiséis de noviembre de 1504. La comunicación del óbito a Gonzalo tiene lugar por parte del rey viudo, quien, inseguro ante las renovadas veleidades de los nobles castellanos aprovechando la situación, pide apoyo al ejército napolitano, si es necesario. El Dieciséis de diciembre de 1504 Fernando confirma a Gonzalo como virrey de Nápoles, nombramiento oficial ahora como tal y en medio de la pugna abierta entre Fernando y su yerno Felipe por el reino de Castilla, otro nuevo problema, y pese a las tramas y manejos de Próspero Colonna con Fernando en la corte.

 

         Sus tareas como virrey fueron atender la reforma administrativa del reino; pagos a la tropa; y control fiscal de la nobleza, todo lo cual no era nada fácil, sobre todo lo último, por las tradicionales resistencias de la nobleza napolitana. El apoyo real al escribano de ración Gian Baptist Spinelli era, para Gonzalo, la mejor prueba de que Fernando comenzaba la restauración de la nobleza napolitana, a cuya sombra había vivido el reino italiano desde los lejanos tiempos de Alfonso El Magnánimo y aun desde antes. Tan difícil y resistente era la situación en que Gonzalo se encontraba, que en el titánico esfuerzo de trasformación de la sociedad napolitana que impulsaba, contaba aún con la oposición del mismo Fernando que, con su “dejar hacer”, en realidad apoyaba la fuerza de las viejas formas políticas del Regno italiano: Se anunciaba el programa de pactos con los poderes locales que se llevará a cabo en los años siguientes y dará su aciagos frutos en el siglo XVII.

 

El rey desconfiado y el soldado leal

 

         Fernando pretendía que Gonzalo solo fuese un funcionario a su servicio, sin ideas propias, y, por si fuese poco, el embajador Rojas envenenaba aún más la situación acusando a Gonzalo de alta traición. Y todo esto en medio de la pugna sobre la titularidad del poder que se estaba abatiendo en Castilla, como decíamos, pese a que el codicio de Isabel había nombrado como Regente a su marido.

 

         Por eso en la primavera de 1505 y ante la búsqueda de su apoyo por parte de Felipe, Gonzalo se convierte en el centro de acusaciones e injurias de todo tipo que sólo pretendían el enfrentamiento con el rey: Corrupción, traición, gastos excesivos, favoritismo a sus capitanes. El rey, como única respuesta, se limita a realizar su política sobre la ambigüedad y solo pretende rodearse de apoyos (Spinelli, Gonzalo, Luis XII) para arrinconar a su yerno. De ahí, el regalo a Gonzalo.

 

         El veintidós de marzo de 1506 se produce el segundo matrimonio de Fernando con Germana de Foix; si aludimos a este episodio aquí, es por la vinculación de ésta con la casa real francesa, lo cual incide directamente en Italia. De nuevo, aquél jugaba a dos bandas, porque el acercamiento a Francia invalidaba las conquistas napolitanas de Gonzalo. Además, Fernando insta constantemente a la venida de Gonzalo a España para que dé explicaciones sin resultado, reiterando esta petición con motivo de la dejación de la regencia castellana en manos de Felipe y su retirada a sus reinos de Aragón el uno de julio de 1506. Justo el un día después, y por toda respuesta, en una carta Gonzalo hace al rey su más firme y contundente protestación de lealtad, como cristiano y caballero; y eso que, políticamente, Gonzalo, junto a otras personas agrupadas en torno al duque de Nájera, su cuñado, miraba o se sentía más cercano, al futuro imperial de los Habsburgo.

 

         Como Gonzalo no va a España, Fernando irá a Nápoles. El siete de septiembre de 1506 Gonzalo sale en dirección a Gaeta a recibirlo. Los días de recibimiento y agasajo a la pareja real terminan cuando se enfrenta el tema que había llevado al rey a Nápoles: Entender en los negocios del Reino, los dineros públicos básicamente, las famosas “cuentas del Gran Capitán”, las segundas “cuentas”, Ésta era verdaderamente la cuestión. Había que rendir cuentas de la campaña de 1501-1503, y del virreinato. No tenía nada qué temer. Gonzalo nunca dejó de apuntar los gastos; utilizó el dinero público para gobernar de una forma moderna, sin dinero difícilmente había victorias y entendió el servicio a las como forma de promoción social, que, además, le afectó a él mismo. Como sabemos, cada éxito militar le trajo aparejado un importante patrimonio señorial. El diez de marzo de 1497, como recompensa por las victorias ante Carlos VIII, el rey Federico de Nápoles le concedió la ciudad de Monte Santangelo con el título de duque y diferentes señoríos; el quince de abril de 1502, tras sus éxitos en la defensa de Calabria, se le concedió el titulo de duque de Terranova, y las tierras de San Gregorio, Garace y Gioia; y finalmente el titulo de duque de Sessa y los bienes a él ligado. Si esto fue así en su caso, qué razón había para no aplicarlo también a sus hombres de confianza.

 

         A comienzos de febrero de 1507 Fernando pretende sacar a Gonzalo de Nápoles aunque no se ha probado su pretendida o acusada corrupción. Y, en efecto, el día veinticinco Gonzalo deja de ser virrey de Nápoles. Una anécdota de protocolo, sucedida entonces manifiesta, empero, cuál era su reputación social. En la comida de despedida entre Luis XII y Fernando, el treinta de junio, la equiparación de Gonzalo con los reyes en la distribución de los asientos se convierte en toda una lección y una metáfora: El rey francés le echa en cara al español su trato hacia Gonzalo; es el momento de los nuevos tiempos, de la nueva sociedad que representa Gonzalo, un modelo a seguir para el futuro Carlos I de España y Francisco I de Francia, y Gonzalo frente a Fernando por vez primera en ese mes de junio de 1507, cuando tras siete años en Italia, regresa a España. Nunca volvería ya allí, y desde luego no con las armas, aunque tendría oportunidad de hacerlo.

 

El hombre de guerra da paso al hombre de paz

 

         A partir de ese momento, y hasta su muerte, 1515, Gonzalo observará l apolítica, en especial le atraerá la del joven Carlos de Habsburgo, pero podemos decir que el hombre de guerra a terminado y da paso al hombre de paz. Su vida transcurrirá por derroteros algo distintos a los que hasta aquí analizamos. No está acabado, no está olvidado, ni mucho menos alejado en Loja como el tópico ha hecho creer; simplemente ocupado en otros menesteres, una vida más ordinaria, y, a veces, espera. Dominado, también a veces, por la melancolía, es, sin embargo, e indudablemente, un nuevo período en la vida de Gonzalo. Burgos, Granada, Loja, España en suma, le esperan.

 

         El largo viaje a España le acarrea nuevamente calenturas. En el otoño burgalés aguardará el prometido por Fernando maestrazgo de la Orden de Santiago, que, como otras muchas ofertas de aquél, nunca llegará. Recuperada la salud, a fines de 1507 y hasta marzo de 1508 Gonzalo recupera la vida política trabajando en negocias de exportación de caballos, aunque no estaba aquí su futuro, y da un nuevo mentís a su supuesta melancolía: Tomo partido por la reina Juana de Castilla, otra Juana, Juana “la loca”, quien, en agradecimiento a su apoyo, el treinta de abril de 1508 le da la tenencia de la fortaleza de Loja como su alcalde, junto con sus correspondientes emolumentos, y este cereal destino final en que lo halle la muerte. El rey Fernando apoya este nombramiento, lo que resulta aún más significativo por la resistencia del corregidor a cumplir el mandato de la reina, en el fondo, todo un desafió a su autoridad. En la actitud y actuación de Gonzalo, de nuevo, prudencia y sentido común: El quince de julio de 1508 tomo posesión, finalmente, de su empleo como gobernador de Loja, un nuevo servicio al Estado. Además desde Loja puede seguir desplegando su actividad diplomática de vasto calado.

 

         En el verano sucede la rebelión de la nobleza cordobesa donde está implicado su sobrino, Pedro Fernández de Córdoba, marqués de Priego (uno de los dos hijos de su hermano Alfonso VI señor de Aguilar y de Catalina Pacheco y Portocarrero, este sobrino caso con Elvira Enriquez y tuvo dos hijas), que lógicamente, Gonzalo no apoyará. Se impondrá la represión del ejército real y el castigo simbólico: Entrega de las fortalezas, multa cuantiosa y destierro de Córdoba para el joven marqués. Nada pudo conseguir Gonzalo para impedir la demolición del viejo caserón familiar: La determinación de derribar el castillo de Montilla fue frontera definitiva entre Gonzalo y Fernando. Y aún, en una vuelta más de tuerca en la relación tormentosa entre ambos, Fernando cortó todo contacto de Gonzalo con su hija, la reina Juana, encerrándola en Tordesilla. Son las primeras semanas de febrero de 1509. Ahora sí que se puede decir que Gonzalo es un hombre más encallado, más varado, y que nunca: Desconoce qué puede hacer entre su fidelidad a una reina encarcelada y su incomodidad por la insistencia del papa Julio II en contratarlo nuevamente frente a los franceses.

 

         La derrota en Rabean de la Liga Santa, formada por Fernando, Julio II y el dogo veneciano, frente a Luis XII de Francia, en marzo de 1512, y que, obviamente no contó con el apoyo de Gonzalo, reaviva el interés del papa por éste. Sería nombrado capitán de un cuerpo expedicionario que iría a Italia en el otoño de 1512 al frente de la Liga y para enfrentarse a Luis XII. Gonzalo se dispone rápidamente al encargo que le hace al respecto el rey Fernando, es la oportunidad que estaba esperando, para volver a su añorada y querida Italia. Contrata las tropas, las prepara, las apresta, pero las provisiones que solicita al rey  no llegan. Y es que, en el fondo, Fernando no tiene la menor intención de sostener la expedición a Italia. Su verdadero interés es la conquista de Navarra; aquélla es sólo la excusa, la cortina de humo, para tener entretenidos a los espías del papa. Gonzalo comprende, finalmente, que no partirá nunca para Italia; licencia a las tropas, despide a los amigos, y se marcha, más amargado, más burlado quizás que nunca por Fernando, de nuevo a Loja. Es octubre de 1512, y pronto cumplirá sesenta años, toda una frontera en la vida de cualquiera.


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