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CONQUISTA DE LOJA

RELATO DE CÓMO SE PRODUJO EL ASEDIO Y CAPITULACIÓN DEL CASTILLO DE LA MUY NOBLE CIUDAD DE LOJA.

DEL MANUSCRITO DE D. GUZMAN DE BERLANGA.

Encontrado por Alberto Izquierdo, en el archivo de Loja

En esos años mi señor Ben-Maj-Kulmut, habitó en Loja, en varias ocasiones y por diferentes motivos.

La primera vez que vi la ciudad, pendían de sus murallas atados por las piernas una docena de caudillos militares del Rey Muley Hacen. Eran los tiempos en que las huestes de Al Zagal hostigaban la fortaleza de Loja, ya que Alí-Atar se había aliado con Boabdil en el enfrentamiento que éste mantenía con su padre y su hermano por el control del Reino. Granada se desangraba en luchas intestinas, mientras los reyes cristianos movilizaban a 70.000 hombres para su campaña y avanzaban hacia Antequera y Archidona.

Esta vez de los torreones y almenas colgaban estandartes con leyendas citando al profeta, a Dios y a la voluntad de éste de mantener Loja islámica.

Íbamos acompañados por un centenar de soldados de la guardia del Alcaide del castillo de Illora, donde un correo nos anunció la rendición de Alhama y la reclamación que el Rey hacía a mi señor para que acudiera a su encuentro a Loja. Era la última esperanza del Reino nazarí, con su vencimiento se abría la frontera occidental y nadie dudaba que su caída arrastraría a Zagra, Montefrío, Moclín, Illora y por supuesto Granada. Por eso acudían a la ciudad los capitanes de todas las plazas cercanas, que aportaban sobre todo infantería, arqueros y ballesteros.

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Gran parte de la población más humilde abandonaba la ciudad replegándose hasta la retaguardia. Los accesos a la ciudad eran un hervidero, jinetes y milicias se instalaban junto al río, reatas de mulas arrastraban pesados ingenios de guerra. Pasamos junto al molino, convertido en hospital de campaña y cruzamos el puente sobre el Genil, dirigiéndonos a la cuesta de la vieja Mezquita de la Medina Baja, a la que acudían los fieles y soldados, en el minarete se había izado la enseña Real.

En aquel momento desprendióse del tiro un carro que transportaba útiles de fragua, alcanzó gran velocidad por el empedrado de la cuesta hasta embestir con estrépito contra la tapia del patio de abluciones, atrapando a tres hombres de la guardia del capitán Ibn-Yusuf, los cuales proferían grandes alaridos quejándose de gran dolor. Fue precisa la fuerza de tres caballos para liberarles, la sangre corría por la pendiente entre los pasos del gentío.

Accedimos a la Medina por la puerta de abastos, llegamos al zoco, donde se había hecho acopio de víveres para resistir el asedio: cestos de uvas, corderos, carnes sazonadas, caza, trigo, frutos secos... Todo ello custodiado por una docena de miembros de la guardia personal del Rey. Cruzamos la plaza del zoco y nos dirigimos a la muralla de la alcazaba. El Castillo dominaba la ciudad, era una fortaleza férrea, sobria. Dentro de sus murallas se encontraban los palacios y casas de nobles, sabios y gobernantes; así como la Alcazaba militar. Mientras que en el recinto amurallado de la Medina se encontraba la Mezquita principal, el zoco y era habitada por comerciantes, galenos, prestamistas y miembros de los gremios. Extramuros se encontraba la Medina baja, habitada por la plebe.

A nuestra llegada fuimos llevados ante Alí-Atar, que ocupaba unas dependencias sobrias, sin lujos en la parte oriental del castillo. El Alcaide recibió afectuosamente a mi señor:

    • Ben-Maj-Kulmut, amigo, Dios te envía para iluminar nuestra desgracia.
    • Soy siervo de la voluntad de mi amo, el Rey. ¿Cuál es la situación?

Alí- Atar oteaba el horizonte en dirección a Granada y más allá a La Meca. – "El Rey Fernando ha plantado su campamento a doce leguas, ha movilizado setenta mil hombres, entre ejercito, albañiles para reconstruir y repobladores. A todo de esto nosotros podemos responder con infantería mal equipada."-

Las dependencias que ocupaba el Rey habían sido adecuadas para ser habitadas por su noble persona, abundaban los cojines, las sedas y había un fuerte aroma a incienso y perfumes. Boabdil se encontraba reunido con sus capitanes Abd-allah y Abu-Walid. Quienes pretendían dar encuentro a las tropas castellanas, antes de que éstas dejaran caer sobre la ciudad el peso de su artillería. El Rey defendía la idea de negociar con Fernando, quien había enviado embajadores a tal efecto. Boabdil al ver mi amo le saludó afectuosamente, interrogándole acerca de las predicciones astrológicas.

Ben–Maj-Kulmut era matemático, consejero real y astrólogo. Había sido tutor de la princesa Moraima, la cual tenía fe ciega en las predicciones de mi señor, como se verá en otras circunstancias que en adelante se contarán.

El consejo acordó negociar con Fernando, mientras se reagrupaban los restos de las tropas vencidas en Alhama y Ronda, así como el grueso de los caballeros que venían en auxilio desde Granada.

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Aquella tarde recibió el Rey en el Salón de Audiencias a la Embajada cristiana. La sala era anexa a los aposentos reales, estaba orientada a poniente y desde sus grandes arcos apuntados se divisaba el valle y el recodo del río, las ventanas estaban cubiertas con celosías trabajadas con motivos florales que proporcionaban un bellísimo juego de luces y sombras.

Boabdil permanecía de pie. A su diestra sus hijos los príncipes Yusuf y Ahmed, al otro lado Abul Hassan Alcaide de Málaga y el Capitán Hamet el Zegri. Asistían los alfaquíes, cadíes, ulemas y alguaciles principales del reino.

La delegación castellana la formaban el Marqués de Cádiz y Don Gonzalo Fernández de Córdoba, escoltados por tres Maestres de la Orden de Alcántara.

Tras la Oración y el protocolo, Alí-Atar que ejercía de Mayordomo Real invitó a Audiencia a los embajadores.

Expuso el Marqués de Cádiz: "Actuando Don Fernando, Rey de Aragón, en Su nombre y en el de la legítima Reina de Castilla, Doña Isabel. Ofrece a su majestad un feudo en el Reino de Granada compuesto por las tahas de Berja, Dalías, Bolduy, Andarax, Marchena, Juviles, Láchar y Ugíjar. Así como el mantenimiento de los privilegios heredados para Sí y sus herederos."

Inclinóse el Rey de forma displicente, mientras hacía una seña cómplice a Alí-Atar. Quién exhorto al Marqués para que continuara.

-" Y sea todo por la entrega de este Castillo, la ciudad de Granada, así como de las plazas y torres que entre ambas villas hoy se conocen."

Grabado de la Alcazaba de Loja

Los ojos del gran guerrero Hamet El Zegri, mostraban su cólera, cuando intervino: -¡El Rey Muley Abu-Abdalla-Babdalí, que lo es por designio del que

Todo lo Puede, gobierna súbditos leales, hombres y mujeres de Fe, a los que no abandonará su Guía!-.

Sus gritos retumbaron en la sala, y tras un tenso silencio el Príncipe Ahmed reprobó su comportamiento, recordándole que sólo el Mayordomo Real podía hablar en nombre del Rey.

-Intervino Don Fernando, fijando la mirada en Hamet:- "Se dispondrá conforme a Justicia, el número de súbditos, que fueren precisos para el gobierno y el servicio de la Corte. Y sea todo firmado en capitulaciones en esta plaza y fecha"

Boabdil hizo una reverencia y se retiró, tras él su Consejo. Aproximadamente durante una hora permanecimos en silencio observando a los soldados castellanos que impertérritos aguardaban repuesta. Entonces apareció Alí-Atar portando un cofre en sus manos y entregándoselo al Marqués de Cádiz, le dijo: "Sea signo de la voluntad de paz del soberano nazarí para los reyes de Castilla". -Despidiéndoles a continuación con gran cortesía.

Cuando el séquito cristiano abandonó Loja por la puerta de Alhama, ésta fue cerrada y sellada izándose un estandarte negro grabado con letras doradas con el nombre de Dios y del Profeta.

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En la anochecida formaron el grueso del ejército Regular del Rey, las guardias y las milicias en el patio de la Alcazaba militar, también llamado del Aljibe. La luna se reflejaba en las armaduras de los Alguaciles, el viento hacía ondear las señas y estandartes. El Rey otorgó solemnemente a Hamet El Zegrí el mando del ejercito nazarí para la defensa de Loja y con ella de todo el reino. A continuación se reunió el consejo real y los capitanes con objeto de diseñar la estrategia para la defensa ante el asedio.

Se cerraron todas las puertas excepto el acceso por el puente donde acampaban los ejércitos de auxilio llegados desde las plazas de Salar, Montefrío, Illora, Zagra, Colomera y Moclín. A ellos correspondería el enfrentamiento en campo. Para ello deberían movilizarse durante toda la noche, puesto que había de cruzar el río y bordear la ciudad para apostarse estratégicamente. Durante toda la noche hubo movimiento continuo de soldados, carros y armamento, mientras los herreros trabajaban dando temple a espadas, lanzas y dagas. Los sirvientes y esclavos fuimos asignados como pajes de arqueros o de artillería. Mi señor, me había instruido en la escritura y el cálculo por lo que fui destinado al torreón mayor, donde los vigías se encargaban de calcular la distancia a la que se encontraba el enemigo y su número.

Poco después del amanecer, apareció por el horizonte el ejercito del Rey Fernando. Avanzaban en línea semicircular hacia nosotros desde el camino de Alhama hasta sobrepasado el de Antequera.

Divisamos pendones y estandartes de Castilla, Aragón, Navarra, León y Sicilia, así como armas de las ciudades de Trujillo, Toledo, Plasencia, Benavente y otras. Gonzalo Fernández de Córdoba mandaba el estandarte con el águila de San Juan, seña de la Guardia de la Reina Isabel. El ejército estaba compuesto por doce mil jinetes y cuarenta mil infantes. La caballería la formaban Maestres y Comendadores de las Ordenes de Santiago, Calatrava y Alcántara, monjes combatientes célebres por el bellaco saqueo de Higueruela y Antequera.

Los hombres de a pie pertenecían a muchas casas y armas, incluso de otros reinos cristianos. Al frente de todos el católico Rey Fernando.

Sólo la visión provocaba el pánico. Aunque Dios quería mantener Loja en el seno de la verdadera Fe, aquel ejército a nuestros ojos parecía invencible.

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El primer lance se produjo esa mañana, desde el inicio quedó clara la supremacía militar cristiana, la infantería nazarí muy diezmada cedió la línea de retención dejando franco el paso a la artillería para el asedio.

La revista vespertina del primer día fue concluyente, el número de bajas y los daños sufridos en las defensas dejaban entrever que difícilmente la ciudad aguantaría el sitio por largo tiempo. Ahora a nadie sorprendía ya, que Ronda sólo hubiese resistido durante quince días.

Durante las jornadas siguientes, Hamet El Zegrí intentó romper las líneas de la infantería castellana con asaltos de los caballeros de Abd-allah, obteniendo algún éxito, a lo cual respondió el Rey Fernando situando lanceros en la primera línea, conteniendo así las cargas de los jinetes musulmanes.

Tras cada lance los caballeros y soldadesca cristiana proferían gritos, vítores y juramentos, mientras el campo de batalla quedaba sembrado de cadáveres de caballerías, jinetes e infantes. Podrían haber arrasado la ciudad el primer día, pero era una estrategia de desgaste, con el mínimo esfuerzo obtendrían el máximo rendimiento: la victoria sobre un ejercito y una población humillados y desmoralizados.

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El vigésimo noveno día del quinto mes del año de Nuestro Señor de 1486, la ciudad de Loja, se rendía a Castilla. La mayor parte de la población ya había abandonado sus casas, el ejército se batía en retirada, a la par que Don Fernando González de Córdoba entraba por la puerta de Alhama.

Boabdil, el rey Desdichado, firmó las capitulaciones, la entrega efectiva de Loja y Granada y el retiro de su Corte a los territorios de la Alpujarra; por su parte Fernando accedía a mantener los privilegios de la Dinastía Nazarí, y aceptar como súbditos de Castilla aquellos que quisieran permanecer en la ciudad como conversos o moriscos. Compromisos que no tardaron en ser incumplidos por ambas partes, pero eso ya es otro capítulo de esta historia...

 

NUESTRO AGRADECIMIENTO A.-

Alberto Izquierdo 2001

NOTAS DEL DESCUBRIDOR.

Durante estos meses el único acontecimiento, que rompiera la rutina habitual ha sido el hallazgo del manuscrito de D. Guzmán.

    Se encontraba en un estante, en lo más alto de la sección de incatalogados. Había un rótulo escrito con letra gótica que llamó mi atención: "NO TIEMPO", "NO ETIQUETA","NO AUTOR". Se trataba de una serie de documentos de difícil clasificación, que a lo largo de los años se habían acumulado.

    Junto a varios títulos de propiedad, legajos y actas notariales se encontraba el cuaderno. Una serie de hojas raídas y muy deterioradas, cosidas de forma burda con un cordel de color púrpura. En la cubierta de cartón por un lado figuraba la inscripción: Toledo 1873. Y por el otro, una serie de anotaciones; ciudades y fechas que permitían seguir el itinerario que el manuscrito había recorrido desde esa fecha, has entrar en el Archivo de Simancas en 1942.

    Durante estos meses me he dedicado al estudio de su contenido y al análisis pormenorizado del mismo. Se trata de una crónica o memoria de vivencias, estructurado en capítulos que se desarrollan de forma discontinua, entre los años 1480 y 1565. Está escrito en un Castellano arcaico y poco cuidado, abundan las acotaciones en árabe, hebreo y latín. Por lo cual descifrarlo está siendo una ardua tarea; para la que cuento con el docto asesoramiento del profesor D. Francisco de la Tizne, catedrático de lenguas clásicas de la facultad de Filología de la Universidad de Valladolid.

    El autor del manuscrito es un caballero castellano: D.Guzmán de Berlanga, quien relata los hechos que marcaron su vida desde la adolescencia. Algunos de los cuales se producen en un ámbito histórico de gran importancia, ya que es testigo de innumerables acontecimientos. Así nos relata la toma de Loja por el ejército del Rey D.Fernando en mayo de 1486. Cuando Guzmán es un joven esclavo al servicio del sabio nazarí Ben-Maj-Kulmut. 

    • Nos hemos permitido adaptar el texto para su mejor comprensión; así como, interpretar nombres, lugares y acontecimientos según la perspectiva histórica y la realidad geopolítica de hoy. Si bien, respetamos al máximo la literalidad del relato escrito por D. Guzmán de Berlanga hace quinientos años.

 

EL GRAN CAPITAN, RETRATO DE UNA ÉPOCA

Para conocer algo más sobre este episodio de la historia, creo conveniente añadir un documento citado en “EL GRAN CAPITÁN, retrato de una época”, paginas 155 a 158, “Momentos de confusión”. Libro escrito por:

José Enrique Ruiz –Doménec (Granada, 1948). Catedrático de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona y director del Instituto de Estudios Medievales.

Llegaron los carros con la artillería. A comienzos de mayo de 1486, Fernando tenía dispuesto a todos los hombres. Veinte días después se encaminó hacia la frontera. La nueva campaña militar había comenzado.

Boabdil no lo podía creer. Pidió ayuda a su tío Muhamad al-Zagal, sin el menor éxito. Tenía malos presentimientos que se fueron agudizando a medida que se incrementaban las quejasde los alfaquíes y demás líderes religiosos, que lanzaron una fatua contra él, y a medida que fue conocido la actitud de sus componentes. Necesitaba un golpe de suerte. No llegó. Ya tenía claro su destino en ese momento. Rindió Loja.

Fernando aprovechó la ocasión para mandar una serie de cartas a las ciudades, de las que se han conservado las enviadas a Burgos y Sevilla, donde se dejó llevar por el nuevo ambiente ideológico:

Continuando nuestra sancta empresa contra los moros deste reyno de Granada, enemigos de nuestra sancta fee católica, acordé de venir sobre la ciudad de Loxa, con muy grand exército e artillería; donde supe estaua dentro el Rey de Granada moço, que mi vasallo se fizo conmigo se conçertó, e con la gente suya e con la que de Granada levó del otro Rey, e con los naturales della, serian 500 lanças e 3000 peones, con intención de la defender, mirando poco a lo que conmigo tenía asentado e sin me dar razón alguna. Y llegando aquí, asenté mi real, sábado 21 del presente; e luego, el lunes siguiente, mandé dar conbate a los arrabales de la dicha ciudad, los quales con el ayuda de Nuestro Señor se tomaron, adonde murieron más de 200 moros de los más principales dellos.

Y puestas mis estançias dentro de los dichos arrabales, mandé asentar mi artillería, la qual ayer domingo, a ora de misas, començo a tirar. Y tiró de tal manera que la dicha ciudad y los que dentro estauan recibieron muy gran daño, y esperaauan reçebir mucho mayor; sino quel dicho día, a la noche, me embió suplicar el dicho Rey que dentro estaua reçibiese a él e a la dicha çibdad a partido.E yo, visto la çibdad ser tan fuerte y de las más principales de todo el reyno, puerto y guarda y laue de aquél, (remarco esta frase, pues bien podría ser el inicio del escudo de Loja)

que otra tan principal nos les queda, salvo la misma çibdad de Granada, e de donde muy grand daño los cristianos auían receuido e recebian continuamente, e porque por combate no se podia tomar sin gran daño e perdimento de personas, oy lunes 29 del presente, con el ayuda de Nuestro Señor, se me entregó la cibdad, libre e desenbargadamente.

Auía dentro en la dicha çibdad muchos cristianos catiuos, e aunque otra cosa nom se fiziera sino redimirlos e sacarlos de poder de tan infiel gente, es obra de que Nuestro Señor mucho seruicio reçibe, e nuestra sancta fee católica se avumenta. E porque es justa cosa que esa çibdad, entre las otras, por vuestro plazer, seáys sabidores, vos fago la presente, rogándovos que faziendo graçias a Nuestro Señor e a la bendita Madre suya, fagás fazer proçesiones por el presente y suplicando a Su ynmenso poderío por lo hacedero. Lo qual más largamente vos dirá Cristoual de Vitoria, escribano de mi Consejo.

El rey que había escrito esas palabras no era el mismo rey que buscaba la manera de pactar con Boadil. Esa actitud desconcertaba a Gonzalo. ¿Cuál de las dos caras de Fernando era la verdadera? La cara del hombre imbuido de religión, para quien la guerra era una cruzada; o la cara del político astuto que buscaba una salida negociada al conflicto granadino. Mientras sosegaba los ánimos de los sectores intransigentes que esperaban cartas como esa, Fernando tejió una estrategia a favor de una paz honorable para el vencido. ¿Dónde estaba el tercer hombre necesario en ese tipo de actuaciones? ¿Quién llevaría el mensaje a Boadil? Existen dos versiones al respecto.

Primera versión: Hernando del Pulgar, cronista oficial, amigo personal de Isabel, hacia quien sentía auténtica devoción, anota que el rey mandó a Rodrigo Ponce de León, marqués de Cadíz, y a Alonso Fernández (este hermano de Gonzalo), señor de Aguilar, para que negociaran la rendición en su nombre, evocando en ese momento el orgullo de la nobleza andaluza frente a la doblez de los embajadores nazaríes.

Segunda versión: Hernán Pérez del Pulgar, testigo de la escena y en parte protagonista, sostuvo que el responsable de la negociación fue Gonzalo, el único a quien el rey de Granada aceptaría. A Isabel, como a todas las mujeres de la alta aristocracia del reino, que solían acompañarla, Isabel de Alba, Elvira de Sotomayor (ojo, cuñada y prima de Gonzalo), María de Zúñiga o Mencía de Mendoza, no le gustaba esa interpretación, aunque mantenían una cautelosa reserva hacia ella. Esperaban tranquilamente encontrar una razón que la invalidase.

¿A cuál de los dos escritores debemos creer? Ambas versiones se contradicen en más de un sentido. Y esa contradicción es la única vía de acceso para descubrir la verdad. De todos modos, contamos con el preciado botín del testimonio de Boadil, cosa que uno de ellos no hubiera sospechado al mentir, pues es obvio que una de las dos versiones es falsa.

Durante la anterior derrota y prisión del rey de Granada (recordemos Lucena) se produjo un encuentro fortuito, pero decisivo; Boadil simpatizó con Gonzalo. Confió en él. Esa actitud contrastaba con el recelo que sentía por la rústica violencia de los nobles de la frontera, entre los que se encontraba muchos del clan de los Fernández y por supuesto el belicoso Ponce de León. No es verosímil que en ese momento tan delicado Boadil confiara en hombres sobre los que no tenía buena opinión. Mientras que en el caso de Gonzalo era diferente, como además se probó en el futuro. Hernando del Pulgar falseó el dato porque recelaba de Gonzalo, en quien veía un agente de Fernando, y porque además, en 1492, cuando él muere, dejando incompleto su texto, aún era un personaje sin relevancia política.

El tercer hombre de la negociación de Loja fue Gonzalo: los otros dos, Fernando y Boadil, habían encontrado al fin un intermediario para sus planes. Se redactó una capitulación honorable, que preveía la liberación inmediata del nazarí y su vuelta a Granada.

NOTA.- Si Vd. tiene algún dato, que nos pueda ayudar para ampliar la presente pagina, o tal vez modificar lo que en ella se detalla, ¡no lo dude! estamos con lo brazos abiertos para recibirlo, y por supuesto de antemano nuestro agradecimiento.

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