NOVEDADES  
 
LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITAN

 

DE LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITAN ¿Verdad o anécdota?

Concluida la campaña de Italia, los Reyes Católicos exigieron cuentas a su general (esta era la segunda vez que le solicitaron cuentas), quizás imprudentemente y de forma inconveniente, y, aunque éste las rindio, es de suponer que González de Córdoba hubo de sentirse molesto por las maneras como se las habían exigido.

De todas las partidas que el Gran Capitán presentó a sus Reyes, las más conocidas y repetidas de todos son las 5 siguientes:

- Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.

- Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.

- Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.

- Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.

- Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.»

Con respecto a la autenticidad de estas cuentas, Manuel José Quintana y Modesto Lafuente sostuvieron la autenticidad del hecho. Otros creen que son apócrifas y que su lenguaje no corresponde al que se usaba en tiempos de los Reyes Católicos, sino al de un siglo más tarde. Dicen que hubo, efectivamente, unas cuentas que rindió el Gran Capitán y que se tuvieron por excesivas, dando origen a la expresión proverbial. Pero, a su vez, afirman que las cuentas que corren por los libros como dadas por el Gran Capitán son falsas.

En El Averiguador Universal (tomo IV, pp. 227 a 258, correspondientes a los números 87 y 89 de 1882), aparecieron dos trabajos acerca de esto. En el segundo de ellos, un comunicante, que sólo firma con las abreviaturas J. C. G., cita, en apoyo de la autenticidad de las famosas cuentas, el testimonio de la Historia general del Mundo, del obispo italiano Paulo Jovio, personaje casi contemporáneo del Gran Capitán, en cuya obra, después de referir la llegada a Nápoles del Rey Católico, podemos leer lo siguiente:

«En estos días, pusiéronle demanda [a Gonzalo de Córdoba], diciendo que diese cuentas de lo que había gastado en la guerra y de las rentas que habían entrado en su poder, porque, vistos los libros de lo recibido y gastado, había gran diferencia de lo uno a lo otro. Él dijo, severa y graciosamente: “Yo os mostraré un cartapacio mío más verdadero que todos esos libros públicos, y veréis que he gastado más de lo que he recibido; y yo os juro que por pleito lo tengo de cobrar”. Y otro día sacó un libro pequeño con un título muy autorizado, y, abriendo la primera hoja, decía encima: “Cuenta del gasto, y luego un partido decía: Di a pobres y monjas y abades de buena vida doscientos mil y setecientos y treinta y seis ducados, y nueve reales, porque rogasen a Dios que nos diese victoria. Y luego, el segundo partido decía: Di seiscientos mil y cuatrocientos y noventa y cuatro ducados a las espías por cuyo aviso se ganaron muchas victorias, y el señorío del Reino, y díselos secreto de mi mano a la suya”. Mandó el rey que no se hablase más de ello, y ratificando todo lo que había hecho, determinó traerlo consigo a España».

Hasta aquí la cita de J. C. G., quien afirma haberse servido de una traducción española de la obra de Paulo Jovio que hizo posteriormente, en 1566, Gaspar de Baeza (1 parte, folio 68, edición de Granada). No hay más datos históricos que avalen la veracidad de lo que bien podría ser tan sólo una anecdótica falacia.

Pero lo que hoy en día sí es cierto, es que tanto si existieron, como si no existieron, estas dieron vida a lo que se conoce como las cuentas del Gran Capitán, tan nombradas graciosamente o burlonamente, cuando a álguien no le cuadra las cuentas, o tal vez hace cuentas excesivas. Y aun siendo cierto que la historia tiende a exagerar los hechos, no es menos cierto que cuando el río suena, es porque agua dentro lleva. Tal vez fué en una simple cena, y el sirviente doy pie al comentario, o tal vez fuera en un acto oficial, y los papeles se perdieran, o los escribientes no lo anotaran, pero yo pienso que existir, como las meigas, ¿existir?, ¡existen!.

 

NOTA.- Si Vd. tiene algún dato, que nos pueda ayudar para ampliar la presente pagina, o tal vez modificar lo que en ella se detalla, ¡no lo dude! estamos con lo brazos abiertos para recibirlo, y por supuesto de antemano nuestro agradecimiento.

telotasto@yagoo.es

fdezcordoba@wanadoo.es